Son las 7;
arrullan las palomas y el canto de los pájaros
mancha el silencio.
Tras los visillos el día va despertando,
y yo sigo sentada
deshojando horas hambrientas de cariño, que,
como yedra, se abrazaron
al sueño de las realidades rotas,
sin dejarme opción, siquiera,
de sepultarlas por un rato.
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