La tenue luz de la mesilla
abriga y cobija silencios,
despeja miedos de ensueños,
pesadillas pasajeras que desvelan,
después del desvelo primero.
No quiere acoger la noche la dulzura
de unos besos, se niega,
no da más que tu imagen alejándose,
apartándote de mí,
sobresaltando el leve sopor.
Me refugio en las vivencias,
en las hoyadas huellas que el tiempo dejó
en el alma herida y cansada,
en los recuerdos de niño del poeta amigo.
Refugio de añoranzas,
no sabes cuantos segundos abrazan
la miel y canela, el tañer de la campana,
las coplillas, la jara del camino, las chotas,
los ladridos de Sultán y Canelo.
Lleno páginas en blanco, como único testigo,
de la madrastra, que, con brazos caídos y fríos,
se niega en acogerme, dejándome de nuevo
en caminos desiertos.
Vuelvo a perderme por senderos conocidos
hundiendo mis huellas, una y otra vez, en el destino
que, tozuda y terca, me niego aceptar.
Intento reinventarme, andar por veredas
adyacentes limpias de guijarros,
que creí quitar,
y me encuentro perdida,
sin saber bien si repito los caminos
girando, como una noria, en el tiempo.
Lola, esto es una auténtica obra de arte
ResponderEliminarQuerida amiga, gracias una vez más, por tus palabras.No tiene merito, no son sino palabras desgranándose en la madrugada, sin más compañía que hojas en blanco y un lápiz como compañero, mis armas contra la soledad. Besos.
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